El día que Karina terminó conmigo, no sólo rompió mi corazón y una relación de cuatro años, dicho sea de paso, sino también toda esperanza que aún podía quedarme en la vida, o sea hasta la risita de cojudo que siempre ponía cuando quería ser optimista, hasta ésa se rompió, se hizo añicos, se cayó al suelo y se hizo pedazos, hasta la pisotearon y la mearon los perros, cual borracho carnavalero. No le bastó decirme que ya no me quería, sino que prácticamente me obligó a darle gracias por haberse fijado en mí. Me dijo que nunca más, “óyelo bien, carajo”, que nunca más en la vida podría estar con una mujer de su porte (en todo sentido de la palabra hablando), que un zoquete de 30 años, gordo y con una calvicie ya en camino súper asfaltado, a lo mucho podría aspirar a una enana hedionda, borracha y bizca que no le diera asco acostarse conmigo.
Al llegar a mi casa pasé alrededor de 4 horas frente a un espejo sin siquiera moverme, mirándome y tratar de encontrar algo rescatable en mí, pero nada, ni siquiera la barba me crecía de forma pareja. Tantos años sin pensar en mi aspecto físico y pensando que lo más importante era el corazón, los detalles, el respeto, el amor, las cenas con velitas, el vino que fiaba de la tiendita de la esquina, la musiquita de fondo, las rosas rojas y todas esas cosas de mierda que creí durante todo estos años, romántico del cuerno.
Al final salí a emborracharme, sí, a matar las penas como dicen, y a escuchar los clásicos consejos que me decían que no había que ponerse así, que todo pasaría, que el corazón, los sentimientos y todo eso sí importaba, que quien me había dicho eso estaba completamente equivocada. Todos estos los escuché antes que recibiera tremenda golpiza por no tener dinero para pagar mis tragos, los tragos que invité, y el polvo que según yo nadie se había dado cuenta cuando me metí al baño con la única chica disponible que era enana, borracha, medio bizca y que encima de todo me bolsiqueó, claro, no sin antes decirme que no cambiara nunca, que siga creyendo en todo lo que había creído siempre, y, por supuesto, que regresara cuando quisiera…
miércoles, 21 de enero de 2009
domingo, 16 de noviembre de 2008
No es la edad
Sí pues, Lucía tiene razón, de repente más que viejo me estoy volviendo un aburrido de mierda que no baila, no conversa, y ni siquiera se ríe de las bromas de los demás. Las últimas fiestas a las que he ido me he pasado toda la noche escuchando las conversaciones de mis familiares, amigos y/o desconocidos, sin siquiera inmutarme unas veces, y otras fingiendo una sonrisa que no denote mi gran estado de ánimo. A eso hay que sumarle lo que no sé si peor o mejor, y es que ya ni siquiera me emborracho y a mitad de fiesta se me quitan las ganas de tomar, ni como para quedarme dormido por estar en tranca.
Aún algo peor a todo esto que ni siquiera me aburro solo, sino que mi aburrimiento en algunas ocasiones contagia al resto y termino siendo algo así como el aguafiestas, el aburrido, el que nunca tuvo juventud, y estoy seguro que los que recién me conocen podrían pensar que soy todo eso y mucho más, y nunca imaginarían las noches de juerga, de risas excesivas, de locuras pueriles que me costaron más de una vez que no me tomen en serio por tantas idioteces juntas que hablaba.
Y supongo que debe ser algo psicológico el hecho que mientras más me preguntan si estoy aburrido, si me pasa algo, si estoy triste, si todo anda bien, menos ganas me dan de hablar, de conversar, de cambiar mi cara de poto -como me dice Lucía- y de ser ese chico alegre y bromista que muy bien se adaptaba a todos los grupos, y por el contrario menos ganas me dan de escuchar las conversaciones sin sentido que yo tantas veces he propiciado, o los chistes absurdos de gente que encima no sabe escuchar, o ponerme a bailar esa música tan horrible que mis amigas algunos años menor bailan y que se hace llamar reggaeton.
Claro, no es la edad, no es el tener 29, 39 o 49 años, es el hecho de estar volviéndose un aburrido del carajo con todas esas fiestas de gente bien vestida, de conversaciones acerca del último carro que se compro un hijo de vecino, de lo bien o mal vestida que estuvo fulanita, del mal gusto de haber servido esa comida en el matrimonio, de la manicure y pedicure que no tenían sultanita ni susanita, de las dietas que hay que hacer para verse cada vez más flacas y de la colonia apestosa que se puso el otro hijo de vecino. Es el hecho de ya no sentirse a veces a gusto en un grupo, si ni siquiera puedo sentirme a gusto conmigo mismo. He tratado de reírme de todo lo que escucho, de conversar un poco más y hasta de bailar esa música del cuerno, pero no puedo.
Escribiendo estas líneas me acordé la vez que una enamorada me criticó tanto por cómo era, que hasta me puso de ejemplos a los enamorados de sus amigas, sobre todo a uno en especial por lo conversador y ameno que era, por lo bien que se acoplaba a su grupo de amigas, por las excelentes maneras que tenía a la hora de comer, y muchas cosas más, faltándole sólo agregar hasta por lo bien que tiraba.
He decidido ya no salir con mis amigos porque no quiero cansarlos, que me cansen y dejar de quererlos, he decidido aburrirme de ahora en delante de preferencia solo que con ellos, y he decidido volver a leer más seguido para ocupar mejor mi tiempo y para poder dejar un día de escribir en un blog cosas tan malas como ésta y, sobre todo, tan aburridas... Chau.
Aún algo peor a todo esto que ni siquiera me aburro solo, sino que mi aburrimiento en algunas ocasiones contagia al resto y termino siendo algo así como el aguafiestas, el aburrido, el que nunca tuvo juventud, y estoy seguro que los que recién me conocen podrían pensar que soy todo eso y mucho más, y nunca imaginarían las noches de juerga, de risas excesivas, de locuras pueriles que me costaron más de una vez que no me tomen en serio por tantas idioteces juntas que hablaba.
Y supongo que debe ser algo psicológico el hecho que mientras más me preguntan si estoy aburrido, si me pasa algo, si estoy triste, si todo anda bien, menos ganas me dan de hablar, de conversar, de cambiar mi cara de poto -como me dice Lucía- y de ser ese chico alegre y bromista que muy bien se adaptaba a todos los grupos, y por el contrario menos ganas me dan de escuchar las conversaciones sin sentido que yo tantas veces he propiciado, o los chistes absurdos de gente que encima no sabe escuchar, o ponerme a bailar esa música tan horrible que mis amigas algunos años menor bailan y que se hace llamar reggaeton.
Claro, no es la edad, no es el tener 29, 39 o 49 años, es el hecho de estar volviéndose un aburrido del carajo con todas esas fiestas de gente bien vestida, de conversaciones acerca del último carro que se compro un hijo de vecino, de lo bien o mal vestida que estuvo fulanita, del mal gusto de haber servido esa comida en el matrimonio, de la manicure y pedicure que no tenían sultanita ni susanita, de las dietas que hay que hacer para verse cada vez más flacas y de la colonia apestosa que se puso el otro hijo de vecino. Es el hecho de ya no sentirse a veces a gusto en un grupo, si ni siquiera puedo sentirme a gusto conmigo mismo. He tratado de reírme de todo lo que escucho, de conversar un poco más y hasta de bailar esa música del cuerno, pero no puedo.
Escribiendo estas líneas me acordé la vez que una enamorada me criticó tanto por cómo era, que hasta me puso de ejemplos a los enamorados de sus amigas, sobre todo a uno en especial por lo conversador y ameno que era, por lo bien que se acoplaba a su grupo de amigas, por las excelentes maneras que tenía a la hora de comer, y muchas cosas más, faltándole sólo agregar hasta por lo bien que tiraba.
He decidido ya no salir con mis amigos porque no quiero cansarlos, que me cansen y dejar de quererlos, he decidido aburrirme de ahora en delante de preferencia solo que con ellos, y he decidido volver a leer más seguido para ocupar mejor mi tiempo y para poder dejar un día de escribir en un blog cosas tan malas como ésta y, sobre todo, tan aburridas... Chau.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Confesiones
Fausto está más asado que nunca, qué asado, está hecho un cascarrabias, un energúmeno, un pichín, una mierda completa, y todo porque según él todo sube, el arroz, el aceite, los huevos, el pan, todo sube, hasta las putas suben, carajo, en serio muchachos y no se rían. Pero lo que más le molesta a Fausto no es que todo suba, sino que según él todo está subiendo menos la pinga que se le está bajando, al menos eso es lo que me cuenta también mientras yo me río, pero él dice que no es broma, que recién los años están haciendo efecto y los 58 ya pesan, tanto como para que ya no se le pare bien y para que su esposa de 31 añitos lo empiece a mirar medio de reojo como quien le dice “ya fuiste” y hasta una risita de lado creo que se le sale, pero eso sí no lo va a permitir, que se rían de él por eso, jamás, él que ha sido el gallo de su barrio, qué gallo, el carnero padre, qué carnero, el toro, sí, el toro, porque hasta semejantes vacas dice que se ha tirado.
No sé si es tanto lo que ha vivido y pasado que no tiene el menor reparo de contarme eso y muchas cosas más. O también debe ser el hecho de que sabe que todos en el taller conocemos su reputación como el ex peor delincuente que ha habido en el barrio, sí, señores, “ex” porque ya estoy plantado hace años, pero eso sí, todo queda así que ya le he dicho a mi mujer que el primer huevón que le falte el respeto me lo diga y me olvido de las buenas costumbres que ya he ido adoptando y me desagracio de nuevo y lo mato con mis propias manos, sin armas ni nada.
Por eso cada vez que la mujer va al taller a dejarle su almuerzo nadie se atreve a mirarla, ni siquiera porque va con sus minifaldas y sus escotes todos calentones donde sus pechos firmes brillan por las gotas del sudor que produce el calor del mediodía. Toditos se quedan callados y ni siquiera levantan la mirada. Y según fausto nadie la mirará nunca, incluso todos los jueves en la noche en la cantina de Pachín alardea con que nadie es capaz de hablarle ni siquiera mirar a su mujer porque saben que les costaría caro, además que su mujer ni les haría caso porque con él basta y sobra ya que sigue siendo ese toro de antaño y que después de la borrachera llegará a su casa y hará delirar a su mujercita 27 años menor, que dicho sea de paso está más buena que el pan. Pero lo que no sabe es que desde hace tres meses y a esa misma hora todos los jueves su mujer delira y confiesa entre gemidos que su esposo ya no funciona por lo menos hace dos años, y que por favor nunca le cuente a nadie porque sino su esposo los mata a ambos, y cómo habría de decir algo si yo mismo lo he visto con la seguridad que lo dice, pero culpa tiene él por cojudo de venir a confesarme que su mujer, con lo rica y arrecha que está, hace dos años que no la ve.
No sé si es tanto lo que ha vivido y pasado que no tiene el menor reparo de contarme eso y muchas cosas más. O también debe ser el hecho de que sabe que todos en el taller conocemos su reputación como el ex peor delincuente que ha habido en el barrio, sí, señores, “ex” porque ya estoy plantado hace años, pero eso sí, todo queda así que ya le he dicho a mi mujer que el primer huevón que le falte el respeto me lo diga y me olvido de las buenas costumbres que ya he ido adoptando y me desagracio de nuevo y lo mato con mis propias manos, sin armas ni nada.
Por eso cada vez que la mujer va al taller a dejarle su almuerzo nadie se atreve a mirarla, ni siquiera porque va con sus minifaldas y sus escotes todos calentones donde sus pechos firmes brillan por las gotas del sudor que produce el calor del mediodía. Toditos se quedan callados y ni siquiera levantan la mirada. Y según fausto nadie la mirará nunca, incluso todos los jueves en la noche en la cantina de Pachín alardea con que nadie es capaz de hablarle ni siquiera mirar a su mujer porque saben que les costaría caro, además que su mujer ni les haría caso porque con él basta y sobra ya que sigue siendo ese toro de antaño y que después de la borrachera llegará a su casa y hará delirar a su mujercita 27 años menor, que dicho sea de paso está más buena que el pan. Pero lo que no sabe es que desde hace tres meses y a esa misma hora todos los jueves su mujer delira y confiesa entre gemidos que su esposo ya no funciona por lo menos hace dos años, y que por favor nunca le cuente a nadie porque sino su esposo los mata a ambos, y cómo habría de decir algo si yo mismo lo he visto con la seguridad que lo dice, pero culpa tiene él por cojudo de venir a confesarme que su mujer, con lo rica y arrecha que está, hace dos años que no la ve.
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