miércoles, 21 de enero de 2009

La realidad

El día que Karina terminó conmigo, no sólo rompió mi corazón y una relación de cuatro años, dicho sea de paso, sino también toda esperanza que aún podía quedarme en la vida, o sea hasta la risita de cojudo que siempre ponía cuando quería ser optimista, hasta ésa se rompió, se hizo añicos, se cayó al suelo y se hizo pedazos, hasta la pisotearon y la mearon los perros, cual borracho carnavalero. No le bastó decirme que ya no me quería, sino que prácticamente me obligó a darle gracias por haberse fijado en mí. Me dijo que nunca más, “óyelo bien, carajo”, que nunca más en la vida podría estar con una mujer de su porte (en todo sentido de la palabra hablando), que un zoquete de 30 años, gordo y con una calvicie ya en camino súper asfaltado, a lo mucho podría aspirar a una enana hedionda, borracha y bizca que no le diera asco acostarse conmigo.
Al llegar a mi casa pasé alrededor de 4 horas frente a un espejo sin siquiera moverme, mirándome y tratar de encontrar algo rescatable en mí, pero nada, ni siquiera la barba me crecía de forma pareja. Tantos años sin pensar en mi aspecto físico y pensando que lo más importante era el corazón, los detalles, el respeto, el amor, las cenas con velitas, el vino que fiaba de la tiendita de la esquina, la musiquita de fondo, las rosas rojas y todas esas cosas de mierda que creí durante todo estos años, romántico del cuerno.
Al final salí a emborracharme, sí, a matar las penas como dicen, y a escuchar los clásicos consejos que me decían que no había que ponerse así, que todo pasaría, que el corazón, los sentimientos y todo eso sí importaba, que quien me había dicho eso estaba completamente equivocada. Todos estos los escuché antes que recibiera tremenda golpiza por no tener dinero para pagar mis tragos, los tragos que invité, y el polvo que según yo nadie se había dado cuenta cuando me metí al baño con la única chica disponible que era enana, borracha, medio bizca y que encima de todo me bolsiqueó, claro, no sin antes decirme que no cambiara nunca, que siga creyendo en todo lo que había creído siempre, y, por supuesto, que regresara cuando quisiera…